Por Lotty Castillo, Directora del Centro de Imagen Protocolo & Estilo.

Conversaba hace algunos días con una excolaboradora – comunicadora social, especializada en proyectos para el desarrollo, de quien tengo el mejor de los conceptos – sobre lo difícil que es para ella reincorporarse en el mercado laboral después de haber trabajado por más de tres años en la empresa brasileña Odebrecht. Ella pertenecía al área de comunicaciones y trabajaba en proyectos de responsabilidad social. No tenía nada que ver ni con las obras de construcción, ni las negociaciones de dicha organización; sin embargo, la mala reputación de esta empresa recayó en ella, manchando su imagen y afectando la reputación que por años había construido.

De otro lado, hace algunas semanas, los desafortunados comentarios de carácter homofóbico en relación a su posición sobre la enseñanza de contenidos de género en las escuelas peruanas del Sr. Phillip Butters provocaron su despido de una importante emisora local, quienes adujeron que “su participación en actividades ajenas al Grupo puede comprometer su propia imagen, la del medio para el cual trabaja y la del Grupo RPP en general”.

Ambos casos me hacen reflexionar sobre uno de los axiomas de la imagen pública que dice: La imagen de la titularidad y los colaboradores se penetra en la institución y la imagen institución en los colaboradores. En palabras más sencillas, la imagen, al ser pura percepción, hace que la percepción positiva o negativa sobre alguien pueda contagiar la percepción de lo que ese alguien representa y viceversa.

Evidentemente, el comportamiento del número uno, gerente o director marcará la pauta de la percepción que se tiene de la empresa, sin embargo, todos los colaboradores pueden generar similar impacto de cara al público. Por ejemplo cuando una azafata atiende en un viaje, ella es la aerolínea; cuando una enfermera atiende a una paciente, ella es la clínica. Si ellos fallan, nadie personalizará el error, todos responsabilizarán a la organización.

De lado inverso, la reputación de una empresa recae en su gente. Una cosa es ser el barman de una discoteca de barrio y otra ser el barman del Hilton Hotel. La posición es similar, pero la diferencia entre ambos es obvia.

En ese sentido, el mensaje va para ambos. Empresas, preocúpense de que sus colaboradores den la talla y proyecten la imagen de calidad, eficiencia y sentido de la ética que tanto les ha costado construir y, ustedes, colaboradores, investiguen las empresa y jefes con los que van a trabajar. Recuerden que, para bien o para mal, la imagen se contagia y esto es una realidad.