Hace poco más de año, fui víctima de un asalto algo aparatoso. Me robaron la cartera y recibí un golpe en la cabeza. Nada grave realmente, pero había algo de sangre y estaba rasguñada. Cuando llegué a la comisaria, totalmente consternada, todos los presentes me miraron con total indiferencia. Era una más que llegó aquella noche. Ni las heridas ni nada conmovió a los agentes de turno. Tuve que esperar, como todos, para que me atendieran.

Lo anecdótico del asunto no fue el asalto en sí, si no que una semana después tuve que ir a la misma comisaria a gestionar un documento que requería de una constancia policial. Ese día iba a ofrecer un taller de marca personal en una importante entidad financiera y estaba vestida para la ocasión. Con mis perlas, unos stilettos rojos taco 9 y un vestido azul impecable – de corte muy femenino y ejecutivo a la vez – perfectamente maquillada y peinada, sin mencionar la gran sonrisa con la que entre a la comisaria. ¡Me gusta mi trabajo y me sentía muy bien!

La reacción fue instantánea. Apenas entré, los agentes que estaban en la puerta se pararon a saludarme. Me sentí como un general. Los oficiales que estaban atendiendo los casos de turno, dejaron de hacerlo para preguntarme qué deseaba. Realice mis gestiones en tiempo record. ¿Qué paso? si era la misma persona que asaltaron la semana pasada.

Fue mi imagen la que me abrió las puertas y lo que con ella comunicaba. De tener la imagen de la pobrecita y triste del montón pase a tener una imagen impactante que proyectaba autoridad y éxito.

Esta experiencia es muy aplicable para el trabajo. ¿Cuántas veces vas con cara de cansado, bajo de ánimos y con pinta de derrotado? ¿Cómo esperas que la gente te tome en cuenta o confíe en ti, si lo que proyectas es que no puedes ni con tu vida? Reflexiona sobre esto, porque el poder de la imagen es mucho más grande de lo que realmente te imaginas.